Dead end

Theodora Barat

8 Septiembre 2013

Instalación

Dead End tiene lugar en un territorio interior. La sala oscura y un artefacto que permiten una deriva subjetiva, errabunda. La escultura metálica es a la vez un monumento industrial abandonado y una construcción futurista, impregnada de un fantástico sentido del progreso, edificación del milagro modernista; arquitectura híbrida y, por tanto, tendente al crecimiento, pero también a la deconstrucción: a la degradación progresiva.

Hay una tensión contradictoria, una dualidad de movimientos de la propia estructura que recuerda las rampas de lanzamiento de misiles, explorando la verticalidad pero abriendo de igual forma el espacio subterráneo en su desplazamiento. Movimiento contrario de extensión y enfrentamiento, de desarrollo y desaparición al ritmo intermitente de la luz, donde la pulsación da vida y cuerpo a la estructura. La vigilancia luminosa, atenta, acecha en la noche cercana y cierne la zona abandonada. El conjunto anuncia una actividad intrigante, industrial o criminal, que llena la oscuridad. La luz brillante persigue a la presencia huidiza -¿del merodeador, del espectador?- en una búsqueda discontinua donde parte de la obra se oculta a sí misma.

Bénédicte Dacquin (Extracto)

Producción: Le Fresnoy